29 sept 2009

Y así sucede todo, en apenas dos segundos que para mí son una eternidad...

Entonces levanto la mirada y te veo acercarte por el pasillo. Me miras y sonríes, lo que hace que una intensa oleada de calor se extienda por mi cuerpo. Te devuelvo la sonrisa, aunque la mía es más tímida y torcida.

Todo para mí sucede a cámara lenta, tú te aproximas paso a paso, entre el gentío de estudiantes que te rodea. Pero en mí cabeza solo estás tú, tú y tu sonrisa perfecta, tus ojos del color del chocolate, tu nariz, tu boca, tu cara…

Miles de emociones recorren mis venas, cada una más intensa que la anterior, de manera que yo creía que explotaría pronto si no las dejaba salir.

Pero no dejo que esas emociones se marquen en mi rostro cuando te miro, porque no sé lo que piensas. Pero cuando pasas por mi lado y me doy cuenta de que no me sonreías a mí, que no me saludabas ni te alegrabas de verme, que ni siquiera pensabas en mí, todas esas emociones se disipan derepente y me siento marchitar.

El vacío en mi interior no tarda en coger una pistola y cargarse a los agradables sentimientos que antes me embargaban, de un solo tiro. Porque tú te cruzas conmigo, pero no me dedicas ni una mirada.

No eres capaz de imaginarte todo lo que yo siento cuando te veo pasar. Cuando oigo tu voz, o descubro que miras en mi dirección.

Entonces yo me quedo parada en medio del pasillo entre tanta gente que está ahí, pero para mí es como si no estuviese.

Me giro y veo la realidad. La realidad dónde estabas tú, pero no yo. La realidad donde sonreías a tus amigos, que ahora te palmean la espalda como saludo.

Para ellos no ha ocurrido nada.

Para ti tampoco.

Pero para mí, todo.